26 de febrero de 2011

Leer y escribir, aproximación a la parrhesia

Retomemos La Hermenéutica del sujeto, pasando del tema del oído al de la escritura y de la lectura.

Para los griegos y los romanos, la lectura y escritura aunque son dos actividades íntimamente ligadas, tiene sus diferencias bastante importante. La primera de ellas es que la escritura es un acto que requiere esfuerzo activo por parte del sujeto, mientras que el leer es más bien pasivo, pero no por eso está excento de esfuerzo, leer para los griegos y romanos no era idéntico a como lo hacemos ahora.. Los romanos escribían todo junto, es decir, sin espacio entre las palabras. Para poder leer correctamente algo había que hacerlo en voz alta, de manera que el sonido de las palabras hiciera que lo escrito tuviera sentido, de lo contrario era muy complicado saber qué es lo que realmente estaba escrito.

Epicteto y Séneca aconsejan balancear el leer y el escribir, no realizar una de estas actividades por un periodo de tiempo de tiempo largo descuidando a la otra, pues se caerá en un tipo de fatiga particular dependiendo de a qué actividad se favorezca, por no mencionar que se pierde el ejercicio de la otra. Este suena al consejo universal que se da a los aspirantes a escritores: si quieres escribir, debes leer; con el agregado de que si se desea ser lector, también se ha de escribir, algo que podría tener cierto interés en comprobarse qué efectos tendría en la persona.

Para los griegos y romanos, el efecto de escribir era claro en cuanto a lo que hacían era tomar notas de discursos con el objetivo de recordarlos después y tenerlos a la mano cuando los necesitaran. Es decir, para hacerse de paraskue y ejercitar su memoria al repetir de modo escrito lo oído. Lo que se escribe es pues, verdad, no tiene caso escribir otras cosas, y aunque en general se toma nota de los discursos escuchados, también se puede tomar nota de las experiencias y aprendizajes que se han tenido, si estas proporcionan una lección al sujeto y sería meritorio conservarlas para consultarlas cuando se les necesite de nuevo. Tal es el caso de una carta de Seneca que manda a una persona que ha perdido a su hijo, que es en realidad notas que ha tomado sobre el tema del duelo.

Aquí Foucault nos llama la atención a que escribir es en cierta forma un acto de confesión, que posteriormente será muy evidente en la práctica cristiana. El sujeto escribe la verdad, pero no la verdad universal, si no la que considera verdad, en base a su conocimiento y práctica de si, etc. Entonces, la verdad escrita tiene un caracter muy personal, de la misma manera que la confesión es personal y esa una expresión donde el sujeto se liga sin dejar duda a una verdad. El escribir no es la única manera de hacer esta confesión, también se puede llevar a cabo a través del habla. Para los griegos y romanos, el hablar para expresar una verdad era una actividad de gran importancia y tenía que ver con la parrhesia, que quiere decir, expresarlo todo.

¿Qué es todo? Pues todo lo que el sujeto sabe. Parrhesia es la palabra griega y la latina es libertas, la cual, con las connotaciones que tenemos de libertad, nos da una idea intuitiva bastante aproximada a la naturaleza de este concepto.

Los griegos y latinos, al estar recibiendo una lección, al escuchar el discurso de un maestro, callaban, lo cual se vio en la clase anterior, y sólo se les pedía hablar para comprobar si estaban aprendiendo, por así decirlo. Lo que el maestro buscaba era hacerle notar al alumno lo que sabía y lo que no, algo que nació del método socrático. La parrhesia, por su parte, es hablar para expresar lo que se piensa como verdadero, por supuesto, con ciertas reglas. Es pues, el maestro quien se puede expresar así, es más, debe de hacerlo, es su responsabilidad y como lo que dice es verdad, entonces se convierte en un agente de la verdad.

El sujeto no puede decir nada que no considere cierto, con lo cual su relación con la verdad se hace personal, al igual que en la confesión. Es así como el sujeto se convierte en un uno, si así quisieramos verlo, con la verdad. Para los cristianos, la verdad es además salvación, pues así se aceptan y se conocen los actos y el estado del si, para entonces llevar a cabo lo que sea necesario para el cuidado de si.

Esta fue una lección relativamente sencilla de comprender. Al retomar la tradición cristiana, Foucault, algo con lo que una persona que viva en el mundo occidental actual tiene familiaridad, se pudieron hacer paralelos y contrastes fácilmente. Eso y que leer las lecciones regularmente evita que olvide detalles importantes y que con ello me pierda. Pero dejémoslo en mérito de Foucault.


Escuchando...
Paul Simon - I Know What I know

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