4 de octubre de 2010

Peter, la ballena cantante

La primera vez que estuve aquí, tenía 15 años.

Había venido en otras ocasiones a visitar a mi familia, una tía que mi madre quiere mucho y fue la primera que aceptó a mi padre cuando este hizo públicas las intenciones que tenía con su hermana. Esto, aunque era bien importante, no hubiera tenido mucho peso en mí si no me hubiera caído bien esa tía. De no ser así, no habría poder humano que me hiciera venir a este lugar, una playa fría donde el viento parecía nunca dejar de soplar.

Mi tía Marisol, que ese era su nombre, tenía una casa enorme para ella sola. Nunca me enteré de porqué era que la tía Marisol vivía allí. De que era su casa, eso era seguro, yo mismo pude ver las escrituras que estaban a su nombre cuando ella falleció y me encargué de hacer cumplir su testamento. Durante una visita me convencí de que la casa había sido un regalo de un novio con el cuál no se pudo casar y le había dejado la casa como un recuerdo. No sé cómo se me ocurrió esa idea, pues en todo el tiempo que conocí a la tía Marisol nunca le conocí ninguna pareja, pretendientes algunos, pero a ninguno le correspondió jamás.

En mi primera visita me pareció que podría acostumbrarme a pasar una semana congelándome, a pesar de recordar que todas las playas que había conocido antes eran cálidos paraísos tropicales, o esa impresión me daban y no podía ser de otro modo, los labios reventados por el viento eran muy diferentes a la piel quemada por el sol. Eso estaba bien para mi. Desde entonces no era muy aficionado a pasarme mis días de vacaciones rostizándome bajo el sol. Bastaba con abrigarme bien.

También fue en mi primera visita que escuche algo que sabía no debía. No porque fuera prohibido, si no porque no deberían escucharse esas cosas en donde estaba, demasiado al norte, pero muy al sur como para que lo oía fuera una ballena. También estaba casi seguro que aunque la casa de la tía Marisol estaba en la playa, no estaba tan cerca del océano suficientemente profundo como para que se escuchara con tanta nitidez lo que entiendo son los llamados de una ballena azul.

Sin embargo, lo oía claramente. Ese sonido profundo. largo a veces, y en otras ocasiones pausado, como un latido de un corazón enorme. Lo escuchaba en la noche, poco después de irme a dormir. Me asustaron la primera vez, pero sólo la primera vez. Todas las demás veces me sonó tan lento despreocupado ese sonido que me arrullaba. Tampoco sé cómo es que pensaba que esos sonidos eran despreocupados, pero imaginaba a una ballena azul nadando apaciblemente por el océano y era imposible imaginarme que un animal de un tamaño tan descomunal pudiera estar preocupada por algo. Todas las noches escuchaba a una ballena hacer sus llamadas.

Así fue por ocho años en los que, sin falta, iba a casa de la tía Marisol cada invierno.

Fue en ese octavo año que, durante la primavera, conocí a Esther. Fue en ese verano que empecé a salir con ella. Fue en ese otoño que me enamoré de ella. Y fue en ese invierno que la invité a acompañarme a la cada de la Tía Marisol. Mi madre nos acompañaría. Mi padre estaba ocupado ayudando a mi hermana mayor con una mudanza y no podría estar con nosotros. Eso era perfecto, de ese modo podría pasar mucho tiempo con Esther mientras que mi madre le hacía compañía a su hermana.

La primera noche cada uno de nosotros, mi madre, Esther y yo, nos quedamos en nuestras respectivas habitaciones. Al menos un rato. Cuando consideré que mi madre y tía estarían dormidas, me salí de mi cuarto y me dirigí al de Esther. Después de todo, la intención del viaje era pasar tiempo juntos. ¿No es así? Así que, aprovechando todos los años de visitar esa casa, me pude escabullir sin hacer ruido alguno al cuarto de Esther.

Cuando, después de ser bienvenido y habiendo ocupado ya mi lugar en su cama, nos disponíamos a aprovechar de estar juntos, fue que escuchamos el sonido de la ballena azul. Esther, que nunca había escuchado algo así, se sorprendió mucho, pero no se asustó. Eso sí, eso evitó que esa noche hiciéramos algo más que dormir y escuchar el sonido de la ballena azul. A Esther el sonido le pareció hermoso, lo escuchó con atención por más de una hora y media apenas diciendo una palabra o dos cada decena de minutos, sólo para decirme que eso era lo más increíble que había oído en su vida. Al final, se quedó dormida y yo no tardé en hacer lo mismo.

La noche siguiente, repetía la operación de fugarme de mi cuarto para quedarme en el de Esther. Durante el día me di cuenta que ni mi madre, ni mi tía dudaban que hubiera pasado la noche con mi novia, pero tampoco dirían nada al respecto. Tenía la suerte de contar con la complicidad de ambas, aunque no me lo hicieran saber directamente. En esta ocasión mi intención ya no era realmente tener sexo con Esther, eso lo podríamos hacer en otro momento a final de cuentas, lo que quería esa noche era pasarla junto a ella escuchando el sonido de la ballena azul. Era algo que me había acompañado por años y la idea de que a Esther le agradara tanto me daba un gusto muy especial, infantil quizás, pero especial de todos modos.

Así pues, nos acostamos, la abrace, y en silencio escuchamos. Podía escuchar las olas romper en la playa, el viento aullando, los crujidos propios de una casa, la respiración de Esther, pero, por sobre todas las cosas, el llamado de la ballena azul. Un llamado que no debería escucharse en el lugar que estábamos los dos juntos, pero que se oía. Lo escuchábamos claramente, y nos quedamos dormidos.

El resto de la semana fue la misma cosa, pero no dejo de ser agradable ni una sola vez. Mi madre y la tía Marisol fingían que no se daban cuenta de a qué hora salía del cuarto de Esther en las mañanas y yo fingía que no sabía que estaban fingiendo. Durante el día llevaba a Esther a conocer las pocas cosas interesantes del pueblo donde estaba la casa de la tía Marisol, algunas tiendas, un par de bazares con objetos muy viejos y curiosos, y las calles desde donde el océano tenía mejor vista. Puede que fuera un océano diferente al de una hermosa playa del caribe, pero era azul e inmenso más allá de lo que me atrevía a imaginar.

Al año siguiente, Esther me acompañó de nuevo a la casa de la tía Marisol. Esta vez ya no hubo necesidad de que me escapara de mi cuarto, ambos nos quedamos juntos desde un principio. Mi madre sospechaba y además ansiaba que Esther y yo termiáramos casados y hacía todo lo posible por que nos convenciéramos de vivir juntos. Mi padre nos acompañó también, pero mi hermana ya se había casado y ahora no contaba con tiempo para pasar las vacaciones de invierno con nosotros.

Esther y yo pasamos de nuevo las noches escuchando todos los sonidos de este lugar. El agua, el viento, la madera, nuestros corazones latiendo, y el llamado de la ballena azul, latiendo también, tan profundamente que en ocasiones imaginaba que cada latido sacudía nuestros cuerpos.

Fueron buenos años. Ahora que regreso aquí, no dejo de extrañar a Esther. Me hace tanta falta. Cuando llegue la noche, sé que escucharé a la ballena azul. Nunca la he visto y creo que nadie jamás la ha visto tampoco, pero estará allí. Aunque nunca me ha parecido una canción, sé que así es como le dicen a ese llamado. Me gustaría creer que en efecto es un canto y que la canción es un arrullo para que Esther descanse, dondequiera que ahora esté.


Escuchando...
St. Germain - Point Des Arts

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